Amaicha del Valle Provincia de Tucumán, Argentina

Un espacio único en el Valle Calchaquí.

Amaicha del Valle es un pueblo del Valle Calchaquí, ubicado a 162 km de San Miguel de Tucumán y a sólo 52 Km de Tafí del Valle.

Tiene una superficie de 989 km2 con una población de 8000 habitantes aproximadamente.

La tranquilidad del pueblo, las comunidades ancestrales, los sitios arqueológicos y la majestuosidad de la naturaleza se cruzan en este lugar único del Norte Argentino.

Cartel de Amaicha del Valle

Clima

Amaicha del Valle es considerada como poseedora de un excelente clima, con sol 360 días al año.

El clima es seco, de tipo desértico, con temperaturas promedio de 25ºC en verano y 9ºC en invierno.

Las lluvias son escasas, inician en Diciembre y concluyen en Marzo, pero se concentran principalmente en los meses de enero y febrero. El promedio anual de precipitaciones es de entre 100 a 200 mm.

Su altitud sobre el nivel del mar es de 1997 mtrs.

Estudios realizados por la Secretaría Nacional de Deportes, señalan que es el lugar ideal para la práctica deportiva de altura de alto rendimiento, por considerárselo uno de los mejores microclimas del mundo.

El clima seco es también recomendado a personas con enfermedades en las vías respiratorias.

Ubicación

Para llegar a este pintoresco pueblo, si se ingresa desde la ciudad de Tucumán-a 176km., desde la localidad de Acheral, hay que comenzar el ascenso por la ruta provincial 307 y recorrer el sinuoso y selvático camino de montaña.

Si el ingreso es por Ruta Nacional 40, se puede acceder desde el norte por Cafayate - Salta - a 62Km. O por el sur, desde Santa María - Catamarca - a 20Km.

Mapa de Amaicha del Valle

Historia de Amaicha y sus comunidades

Un poco de Historia

Los datos mas antiguos de la existencia del hombre en nuestro territorio tienen, aproximadamente 9.000 años. Corresponde a la denominada Cultura Ampajango, cuyo centro se ubica en la localidad del mismo nombre, al sur de Santa Maria. Las primeras poblaciones se dedicaban a la caza y a la recolección de frutos, y eran nomades (no vivían, por mucho tiempo, en un mismo lugar).

Con el tiempo, empezaron en asentarse en poblados y, por medio de la observación de los elementos naturales (de la reproducción de la semilla, por ejemplo), aprendieron que no solo podían recolectar alimentos sino producirlos. Empezaron a cultivar vegetales comestibles que evolucionaron hasta convertirse en variedades importantísima, como el maíz, la papa, la quínoa, el zapallo y muchas otras, que hoy son conocidas mundialmente y constituyen la base de nuestra alimentación. Lo mismo pasó con animales como la llama, el guanaco y otros, que fueron domesticados paulatinamente.
Mas tarde, apareció el trabajo de la cerámica; es la etapa que los historiadores denominan “agroalfarera”.Al mismo tiempo, surgieron nuevas necesidades: la de construir casas mas seguras que permitieran pasar largas temporadas, la de regar las plantas, encerrar los animales, transportar el agua y los alimentos…Así nacieron la arquitectura, los sistemas de riego, los silos, las herramientas, el tejido, la cestería, se dice que, cuando apareció la cerámica, los pueblos se sedenterizaron.

A partir de entonces, los antropólogos y arqueólogos dividieron la evolución de nuestro pueblo en tres periodos. Cada uno de ellos tiene características propias y un nombre relacionado con el centro de mayor desarrollo de cada cultura. Sin embargo, lo que originalmente se considero como culturas distintas era, según nuestra visión, un mismo pueblo, aunque fue adoptando diferentes manifestaciones culturales a lo largo del tiempo. Esto se dio, sobre todo, en lo referente al arte, que es el aspecto en que los estudiosos marcan las mayores diferencias.

El periodo temprano (500 a.C. al 650dc.) incluye a las culturas Ciénagas, Tafi, Condorhuasi, y Candelaria, cuyas piezas artísticas mas conocidas son los Menhires de Tafi y los suplicantes de Andalgala. En el periodo Medio (650 al 800dc.) encontramos a la cultura Aguada, que, según el antropólogo Rex González (unos de los principales referentes en el estudio de  la cultura precolombina), “alcanzo la mas alta expresión cultural del noroeste argentino”. Hermosas piezas de cerámica y metal son representativas de esa época. Por ultimo, los investigadores incluyen dentro del periodo tardío (850 al 1480 d.c.) a la cultura Santa Maria (el valle del Yocavil, en idioma kakan). La característica principal de esta etapa  es la gran producción artística que desarrollaron nuestros antepasados más cercanos en el trabajo de la cerámica y el metal, especialmente.

La cultura diaguita estaba en pleno desarrollo cuando, en 1534, los primeros invasores españoles llegaron a nuestros territorios, luego de someter a los Incas en el Perú. Para esa época, nuestros antepasados habían establecidos grandes poblados a lo largo del valle; muchos de ellos aun son testimonio de la grandeza del pasado.

El cultivo de vegetales comestibles (el maíz, la papa, la quínoa, el zapallo…) se producía en grandes cantidades mediante formas de trabajo comunitario, como la minga, esta permitía cultivar la tierra de manera colectiva, sin necesidad de pagar mano de obra. Existían, también, sistemas de riegos con represas y canales para el aprovechamiento del agua, y un sistema de terrazas o melgas que permitía aumentar el rendimiento del suelo. Animales como llama habían sido domesticados para aprovechar su lana, su carne, su cuero y su utilidad como animales de carga.

Nuestros antepasados se destacaron, además, por el gran desarrollo de las técnicas artísticas: sabían trabajar la cerámica, el tejido, la cestería, el cuero, el hueso, la piedra y metales como oro, la plata y el bronce. Su organización social se basaba en los ayllus (pequeñas comunidades con un jefe o cacique y Consejos de Ancianos).

En el aspecto espiritual, el respeto a nuestra Madre Tierra era esencial. Se reconocía plenamente que ella integra a todos los seres vivientes y a los elementos que componen el universo, del cual el hombre es solo una pequeña parte. Entidades como el Llastay o el Coquena fueron reguladoras del equilibrio ambiental y del cuidado de las especies.

Nuestro pueblo, fue un pueblo de trabajo, agricultor por excelencia; recorrer nuestro valle supone encontrar vestigios del trabajo de generaciones. Ciudades, caseríos, melgas, pircas, acequias, represas corrales, cerámicas, pinturas rupestres, petroglifos, lugares ceremoniales, todos son testimonios que demuestran las distorsiones de la historia oficial, una historia que presenta a nuestros antepasados de una manera totalmente alejada de la realidad.

La Invasión hispana y nuestra resistencia

Las primeras expediciones españolas llegaron a nuestro valle en 1534. Los contactos iniciales con nuestro pueblo distaron de ser amistosos: los españoles traían como objetivo el enriquecimiento personal, a cualquier costo. Nuestros antepasados lo sabían por las noticias recibidas desde Perú. Así empezó la resistencia de nuestro pueblo, al que los invasores llamaron “Diaguitas” o “Calchaquíes”.

El idioma que se hablaba era el kakan, desconocido por los españoles. La catequización de nuestros mayores fue la excusa para la invasión. Esto se dio por medio de las misiones evangelizadoras, que facilitaron el sometimiento voluntario o por la fuerza de nuestra gente e impusieron el pago de tributos a los españoles. Los tributos podían pagarse con productos, con trabajo gratuito en las encomiendas (haciendas de los españoles en tierras arrebatadas a los indígenas) o en las minas descubiertas en el valle, en Perú o en Bolivia. Los pueblos que se sometían eran llamados “amigos”.

Esto significaba su bautismo y conversión a la religión católica y una negación de la propia espiritualidad. Se prohibieron las danzas, las ceremonias, la música y nuestro idioma, porque era desconocido para los invasores (aunque sí conocían el quechua). En cambio, se impuso el castellano.

La resistencia armada duró 130 años; los historiadores denominaron “Guerras Calchaquíes” a las revueltas más importantes. Los principales titaquines de la resistencia de nuestro pueblo fueron Juan Calchaquí (a finales del 1500) y Juan Chelemin o Chalimin, que lideró el levantamiento entre 1630 y 1637. Tuvo un triste final: los españoles lo descuartizaron y colgaron sus miembros a la entrada de cada pueblo para escarmiento de los rebeldes.

Las rebeliones se organizaban mediante la confederación de los pueblos. Los Quilmes eran los principales sublevados, junto a los Calianos o Acalianos que vivían en Fuerte Quemado. Hubo también muchos otros, como los Hualfines, Tolombones, Yocaviles, Colalaos, Cafayates, Cuschagastas, Amaichas, Tafíes y Caspinchangos, que se asentaban  a lo largo del valle, desde La Poma en Salta, hasta el valle de Catamarca y La Rioja. Los españoles no podían someter completamente a los pueblos, porque estos se reorganizaban una y otra vez, y continuaban la lucha. Por ello, los invasores planearon entrar al Valle desde Salta, desde Tucumán y desde Catamarca (por Belén), simultáneamente.

Esta guerra se desarrolló entre 1657 y 1666, luego de que el español Pedro Bohórquez se fingiera descendiente de los incas y sublevara a varios pueblos del Valle, en contra de los españoles. A los pueblos les prometió liberarlos de la opresión española; a las autoridades coloniales, la sumisión de los Diaguitas y la entrega de sus minas. También pactó con la Iglesia y le prometió la conversión de los pueblos al cristianismo. Cuando llegó el momento de luchar, Bohórquez traicionó a nuestros antepasados, pero también a los españoles, quienes lo apresaron y lo condenaron a muerte.

Con esta invasión al valle, se sometió a los pueblos y se desterró a muchos de ellos. Los Colalaos fueron enviados a Trancas junto con los Cuschagastas, cuyos descendientes luchan con nosotros por sus derechos, en el Valle de Trancas.

El destierro Quilmes

El caso mas conocido de este destierro es el de nuestros mayores, los Quilmes, quienes fueron los últimos en resistir. El destierro fue resultado de un acuerdo entre el gobernador de Tucumán en esa época, Mercado de Villacorta, y el presidente de la Real Audiencia de Buenos Aires, Don José Martínez de Salazar.

El arreglo permitía la venta de mercedes de indios, que serían desnaturalizados a cambio de contribuciones para el ejército. Esto tenía como fin no solo evitar los alzamientos de nuestros pueblos sino, además, arrebatarles territorios para compensar oficiales y soldados que habían participado en las campañas. También era una manera de proveer mano obra esclava a particulares y ciudades. Don Martín Iquin, hijo del cacique Sacanay y cacique de Quilmes en ese momento, tuvo que enfrentar la dolorosa decisión de rendirse o morir de hambre junto a su pueblo: opto por entregarse.

Los quilmes  abandonaron nuestro valle a fines de 1665, tras meses de sitio: fueron llevados, primero, a Tucumán;  Jujuy, Catamarca y la Rioja, luego a Córdoba (parte de ellos quedo en esto lugares y Santa Fe)  y finalmente, a Buenos Aires, a donde llegaron en agosto y noviembre de 1666. Fueron ubicados en una estancia de media legua de frente por una y media de fondo. El lugar recibió el nombre de “Reducción de la Exaltación de la Santa Cruz de los Quilmes”. Su fecha de fundación fue el 14 de septiembre de 1666. Se asigno un administrador o corregidor español y doctrinero, además de nombrarse el cabildo Indígena, cuyo cacique era don Martín Iquin. La cantidad de personas que llego a buenos Aires era, aproximadamente, de 750. En el año 1667, fueron desterradas a este lugar unas cuarentas familias Acalianas (este pueblo vivía, al parecer, en lo que hoy conocemos como Fuerte Quemado) y diez familias de otras comunidades.

Los primeros tiempos fueron sumamente duros para nuestros mayores, porque el nuevo medio natural era muy distinto al valle donde habitaban. La posición desventajosa que nuestros padres ocuparon dentro del nuevo patrón económico y social llevo a un descenso poblacional, agravado por las epidemias que asolaron la región desde mediados del siglo XVII.

Los varones de la reducción estaban obligados a mitas periódicas al servicio de la ciudad de Buenos Aires y de sus vecinos. La cuarta parte de la población activa de la reducción debía mitar. Esto significaba para los hombres una doble carga: debían cumplir con su servicio y esto, a la vez, les impedía producir su sustento. Quilmes y Acalianos eran los únicos mitayos a fines del siglo XVII. El 14 de agosto de 1812, Quilmes fue declarado pueblo libre, lo que dio origen a la actual Ciudad de Quilmes en Buenos Aires.

La otra historia

La historia oficial nos enseña que, a partir del destierro de 1666, no quedaron pueblos indígenas en nuestro valle y que los Quilmes desaparecieron en Bs.As.. Sin embargo, la verdadera historia es otra: nuestros antepasados nunca dejaron de existir porque, en el momento de las últimas batallas, muchos escaparon hacia los cerros. Por otro lado, los españoles, cuando se apoderaron de las tierras, necesitaron mano de obra gratuita. Los pueblos vencidos y esclavizados en las encomiendas fueron esa mano de obra.

En 1716 (o sea, cincuenta años después de que la historia nos sepultara), el cacique del pueblo de Quilmes, don Diego Utivaitina, recibió de los representante del Rey de España una Cédula Real, que reconocía a los Quilmes y a los Amaichas la propiedad del territorio en el que vivían. Además, la Cedula Real ordenaba a los terratenientes del llano de Tucumán que dejaran volver a los pueblos encomendados para que habitaran, en forma libre, las tierras que les habían sido devueltas.

La Cédula Real

“Nos los Gobernadores Don Francisco de  Nievar y don Jerónimo Luís de Cabrera y los Jefes de su Majestad Real don Pedro Díaz Doria y Don Francisco de Lamercado de Villacorta reunidos en este paraje de Encalilla para dar posesión real al Cacique de los pueblos del Bañado de Quilmes, San Francisco, Tiu Punco, Encalilla y Amaicha Don Francisco Chapurfe quien nos manifestó la Cédula Real que antes dimos, el año mil setecientos diez y seis en el mes de Apriles, en la que se manifiesta que al ser bautizado su padre el cacique de la Ciudad de Quilmes y de todos estos Pueblos, don Diego Utibaitina, se labro y sello con nuestros nombres un algarrobo grande, y estando reunida toda  la gentilidad de Bacamaca y lagunas, se le hizo abrazar dicho algarrobo, coger agua en una timbe de asta, actos en señal de la posesión de tierras de dicho Pueblos; entrapazándose estata tui terras, quedo en nombre amparado y amparaos; entre dos dipes: y que en ningún tiempo os han de quitar persona alguna; ame os han dado los españoles estas tierras y antes si fuesen amparadas dichas tierras que son: desde el algarrobo sellado línea recta al Naciente hasta dar con una loma picasa en el punto del Masao, y de allí por la cuchilla de Aguila Guaci hasta dar con la cima de los Lampazos, y de allí tomando para el Sud el cordón que bota las aguas para el Valle hasta dar con el Nevado, y se vuelve para el Norte por el cordón que bota las aguas para Tafin hasta llegar a la abra que forma el camino que va para este punto y de allí se mira el Cerro que esta entre Nor-Este hasta dar con el cordón que bota las aguas para el Tucumán, y volviendo por este rumbo para el Poniente se toma  la línea del algarrobo escrito a la abra del Sud del Morro de San Francisco que mira directamente a la puerta del Chiflón del Rió de Bacamaca; y por el Norte hasta el Neayacocach, y de allí línea recta al Naciente a un morro alto y siguiendo la línea hasta el cordón que bota las aguas para el Tucumán y volviendo al Neayacocach huye arriba al campo del Moyar, en donde plantamos una Cruz Grande, y de allí se tira línea recta al Poniente al Cerro Grande que esta frente a Colalao; quedando este punto y Tolombón y el paraje del Sud de estos Pueblos, llamado el Puesto, prestado por el tiempo de seis años en poder de Don Pedro diaz doria, para se pastear y invernar tropas de mulas del Ejercito Real, gracia que se hizo, por haberse empeñado en cuidado con toda su pía armada a nombre de su Majestad Real y en el paraje de Tafin arrendado a Don Francisco de Lamercado de Villacorta, para se pacer cabras y ovejas de Castilla; Bajo cuyos limites damos la posesión real, temporal y corporal al susodicho Cacique, para el, su indiada, sus herederos y sucesores: Y ordenamos al Gran Sánchez que esta a siete leguas de Tucumán abajo, deje venir a los indios que se le encomendaron por el referido tiempo de diez año para que , instruido, volviesen todos a sus casas como dueños legítimos de aquellas tierras, para que las posean ellos y sus descendientes. Y así firmamos este acto de Posesión Real en el referido paraje de Encalilla, en dicho día, mes y año”.

Texto extraído del libro “LOS QUILMES CONTAMOS NUESTRA HISTORIA” editado en diciembre 2006

Amaicha del Valle: Reto de la Política Indígena

La Comunidad de Amaicha del Valle, es un asentamiento humano ancestral Diaguita. Cultura que se desarrollo en el extenso territorio del Valle Calchaquí, que tiene una superficie de 25.500 km2, y una longitud de 300 km.
Este bello y rico medio ambiente, llegó a ser la civilización de mayor desarrollo pre-hispánico del Norte Argentino. Aquí se encuentran, como testimonios indelebles, restos arqueológicos, la Ciudad Sagrada de Quilmes, el asentamiento La Ciudacita, La cultura Candelaria y Ciénaga, también están presentes los usos y costumbres observables en la actualidad y parte de los calendarios agrícolas representado por los Menhires.

Esta inmensa región, de enorme energía telúrica, presentaba diversos pisos ecológicos con una riquísima flora y fauna, basada fundamentalmente en plantas medicinales y aromáticas que llegaban a todos los confines. En este paisaje de frondosos algarrobales, chañares y cardones vivieron armoniosamente y en paz mas de 60.000 habitantes, antes de la invasión europea.

Con la llegada de los españoles (Diego de Almagro -1534), todo este escenario de orden y equilibrio cambió brutalmente. Esclavitud, desarraigo, violaciones y asesinatos en masa, enfermedades extrañas y depredación de la enorme bio-diversidad, fueron los nuevos signos de la civilización. Primero los encomenderos y después los terratenientes, se encargaron de arrasar los bosques para dedicarlos a pasturas y carbón.

Por otra parte, nuestra población fue aniquilada y en poco tiempo reducida a 10.000 personas. No respetaron nada. Al inicio de la República, nuestro territorio y sociedad fueron desmembrados y divididos en cuatros provincias: Salta, Tucumán, Catamarca y La Rioja. Aun hoy, se sigue lacerando la espiritualidad del pueblo Diaguita Calchaquí. Gracias a la privatización y a un innegable acto etnocida, se construyo un hotel, en el mismo corazón de la Ciudad Sagrada de Quilmes, sobre los restos arqueológicos de una cultura que hace la esencia de la argentinidad.

En 1716, la Corona Española decide reconocer a la Comunidad de Amaicha del Valle, un territorio, así como respetar sus usos y costumbres. Este reconocimiento único en Latinoamérica, pretendía “pacificar” e impedir que se extendiera la lucha. Este documento Real, entre otras cosas, acepta como territorio 120.000 Has., incluyendo en ellas a nuestra Ciudad Sagrada de Quilmes. Este hecho trascendental, fue soslayado por los historiadores, relegándolo y minimizándolo. Y es lo que actualmente la enseñanza oficial no nos informa ni siquiera en nuestro propio pueblo.

Lamentablemente, con el pasar  del tiempo y por falta de titulación no se respetaron los límites, y la invasión terrateniente siguió bajo nuevas modalidades. Los reclamos de los jefes para la escrituración así como para el respeto a la Comunidad, nunca fueron tomados en cuenta por las autoridades que se sucedieron durante 290 años. Por el contrario, se quiso hacer desaparecer a la Comunidad y muchas veces los caciques fueron tentados por prebendas para devolver la Cédula Real. Todos los esfuerzo por querernos arrebatar nuestros derechos fueron en vano. El pueblo era consciente que tenía que seguir luchando para la titularización de las tierras comunales.

Texto extraído del libro “AMAICHA CEREMONIA DE VIDA” editado en febrero 1996